El teléfono vibró y al cogerlo me sorprendió el mensaje: "hola, estoy en tu tierra". Joder, ¿en serio?
Mientras tecleaba exactamente eso me hizo gracia cómo es la vida. Alfonso iba a pasar por mi ciudad exactamente cuando yo no estaba. Ya podría haberme avisado antes... De todas formas sonreí. Me emocionaba que tras casi cuatro años de conversaciones de todo (y remarco todo) tipo, sin conocernos y llevando cada uno su vida real ajena a lo nuestro (que no era nada y si lo era), me hubiera avisado de que pasaba por mi ciudad. Saber que tenía ganas de cruzarse conmigo aunque fuera de forma breve era algo que alimentaba a las mariposas que viven en mi vientre.
Me fastidió decirle que yo estaba fuera de vacaciones, pero le pregunté si iba a quedarse algunos días, por si acaso siguiese allí a mi vuelta. De ilusión también se vive, o eso dicen. Me dijo que estaba de paso y que en una semana haría el camino inverso.
En una semana nos vemos, le aseguré. Nos vemos, porque hablar sabía que no. Ni iba solo ni podía robarle tiempo al tiempo. Pero imaginarnos a ambos en un mismo escenario me provocaba por sí mismo un aluvión de emociones. La idea de verle en persona no me dejaba indiferente.
Los días fueron pasando sin darme cuenta. Yo estaba de vacaciones y el mundo fuera de aquello no existía. Pero todo toca a su fin y volví a casa. Maletas, rutinas... y llegó el día.
Subida en el metro de camino al centro volví a mirar la hora en el móvil. Me había puesto mi vestido color coral, que dejaba ver mis tatuajes, y aunque no me sentía en mi mejor momento, ser feliz la hace a una estar siempre pletórica.
Al entrar en la estación de tren había mucha gente caminando en todas direcciones. Me dirigí al McDonals y sin más, entre toda aquella gente, me encontré con una cara conocida. La sonrisa que apareció en mi cara se extendió por todo mi cuerpo. Sentí una especie de electricidad recorrerme al entrar tras él. Era más alto de lo que imaginaba pero su sonrisa y el brillo de sus ojos era inconfundible. Fue breve, a lo sumo estuve allí diez minutos mientras me bebía una coca-cola que no necesitaba, y le veía pedir los menús con sus hijos mientras su mujer había desaparecido entre las mesas sin que yo le prestara la más mínima atención. Nos cruzamos miradas que decían a gritos lo que nuestras bocas callaban.
Me fui con la energía de una central nuclear estallando en mi garganta mientras nos sonreíamos como idiotas al girarnos al mismo tiempo al echarnos el último vistazo. El sol brillaba con fuerza cuando salí de la estación y a cada paso sólo escuchaba el golpeteo de mis tacones en el suelo mientras en mi cabeza le cogía de la mano. Puede que fuera la primera vez que nos veíamos, pero es como si nos conocíeramos de siempre.