domingo, 2 de diciembre de 2018

La sirena

Dicen que la sirenas atraen con su canto, y normalmente en las imágenes que he visto que las representan, están sentadas, con mirada dulce y atrayente. Aunque también las hay con mirada engañosa...
Pero mi sirena está nadando. Y lo único que quiere es soledad. La soledad que ofrece el fondo del mar. Saber que cuando suba será porque lo desea. Para ver el sol. Para ver. A todos, a nadie, a quien desee.
No me gusta la sirena que atrae, sino la que vive libre.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Había olvidado lo que es el tacto de tu piel

Había olvidado lo que es estar contigo sin estar. Con toda esa gente alrededor, la música alta y el tequila en copa grande. Y rozar, bailar, reír, hablar. Aún estando a un metro de distancia.
Había olvidado lo que es que te bese un desconocido en la barra de un bar. Intercambiar teléfonos y sonreír con los ojos. Y con la boca. La boca encarnada más allá del pintalabios. 
Había olvidado lo que es quitarnos la ropa en cero coma. Dibujar tu espalda con mis dedos. Que te adentres en mis pliegues. Que no seamos nada. Sólo amantes. Sin mañanas.


Había olvidado lo que es dejar de pensar. Que ya sólo hable la piel. 

viernes, 23 de noviembre de 2018

tu peor influencia

Te voy a decir una cosa mundo... A veces sólo tienes ganas de Netflix y de hacerte pequeñita, pero no. En ese momento hay que coger el teléfono y contactar con tu peor influencia. Hay que lograr una cita. Salir. Besar. Comerte la boca hasta mojar las bragas y, cuando lo hayas hecho, montarte encima y cabalgar.
Huir del inmovilismo, de la autocompasión. Gemir hasta que sea lo único que escuches. Arañarle la espalda a las ganas y que ellas te lo hagan a ti.

A veces hay que follar tan despacio que la única opción que le quede a la vida sea dejarte sin aliento. Hacer que te corras cogida a su cuello. Embestirte sin frenos, abierta de piernas y pidiendo más. Y queriendo más.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Bailemos

Te quiero. Te quiero besar. Te miro al otro lado de la sala y sólo puedo pensar que me muero por rozarte. Pero tengo que fingir que no existes. Tu novia ha mejorado en estos cuatro meses, y no puedo evitar pensar que es feliz. Contigo.
Me giro y me olvido de ti. Ojos que no ven, deseo que se anula. No es amor, sólo es lujuria. Y cariño, pero eso nada tiene que ver ahora. Sonrío hacia otro lado y bailo. No estoy sola, pero en parte sí. Y de pronto te acercas y me agarras. "Hace mucho que no bailamos", me dices. Y yo me dejo llevar en tus brazos. 
Me gusta bailar contigo desde que recuerdo. Me gusta rodearte el cuello con los brazos, me gusta que me hagas girar, me el roce de tu mejilla. Me gusta que me olvido de todo. "Te llamaré", me dices. Y sé que lo harás.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Era más alto de lo que imaginaba

El teléfono vibró y al cogerlo me sorprendió el mensaje: "hola, estoy en tu tierra". Joder, ¿en serio?
Mientras tecleaba exactamente eso me hizo gracia cómo es la vida. Alfonso iba a pasar por mi ciudad exactamente cuando yo no estaba. Ya podría haberme avisado antes... De todas formas sonreí. Me emocionaba que tras casi cuatro años de conversaciones de todo (y remarco todo) tipo, sin conocernos y llevando cada uno su vida real ajena a lo nuestro (que no era nada y si lo era), me hubiera avisado de que pasaba por mi ciudad. Saber que tenía ganas de cruzarse conmigo aunque fuera de forma breve era algo que alimentaba a las mariposas que viven en mi vientre.
Me fastidió decirle que yo estaba fuera de vacaciones, pero le pregunté si iba a quedarse algunos días, por si acaso siguiese allí a mi vuelta. De ilusión también se vive, o eso dicen. Me dijo que estaba de paso y que en una semana haría el camino inverso.
En una semana nos vemos, le aseguré. Nos vemos, porque hablar sabía que no. Ni iba solo ni podía robarle tiempo al tiempo. Pero imaginarnos a ambos en un mismo escenario me provocaba por sí mismo un aluvión de emociones. La idea de verle en persona no me dejaba indiferente.
Los días fueron pasando sin darme cuenta. Yo estaba de vacaciones y el mundo fuera de aquello no existía. Pero todo toca a su fin y volví a casa. Maletas, rutinas... y llegó el día.
Subida en el metro de camino al centro volví a mirar la hora en el móvil. Me había puesto mi vestido color coral, que dejaba ver mis tatuajes, y aunque no me sentía en mi mejor momento, ser feliz la hace a una estar siempre pletórica.
Al entrar en la estación de tren había mucha gente caminando en todas direcciones. Me dirigí al McDonals y sin más, entre toda aquella gente, me encontré con una cara conocida. La sonrisa que apareció en mi cara se extendió por todo mi cuerpo. Sentí una especie de electricidad recorrerme al entrar tras él. Era más alto de lo que imaginaba pero su sonrisa y el brillo de sus ojos era inconfundible. Fue breve, a lo sumo estuve allí diez minutos mientras me bebía una coca-cola que no necesitaba, y le veía pedir los menús con sus hijos mientras su mujer había desaparecido entre las mesas sin que yo le prestara la más mínima atención. Nos cruzamos miradas que decían a gritos lo que nuestras bocas callaban.
Me fui con la energía de una central nuclear estallando en mi garganta mientras nos sonreíamos como idiotas al girarnos al mismo tiempo al echarnos el último vistazo. El sol brillaba con fuerza cuando salí de la estación y a cada paso sólo escuchaba el golpeteo de mis tacones en el suelo mientras en mi cabeza le cogía de la mano. Puede que fuera la primera vez que nos veíamos, pero es como si nos conocíeramos de siempre.
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