martes, 5 de febrero de 2019

Nuestra vida en un cassette

Te echo de menos. He dejado de odiarte (aunque no es la palabra exacta) para echarte de menos. No volvería a aquello, pero hay cosas que echo de menos. Los abrazos. La seguridad de saber que podía decir las burradas que se me ocurrieran. Las risas. La complicidad.
Lo echo de menos como jamas creí.

Pero como dice una canción de Beret, yo no recuerdo pero no olvido. Hubo una cara B que no echo de menos.  No es rencor, es la vida.

Aún así me gusta pensar que podemos ser amigos. Por una gran cara A.

sábado, 5 de enero de 2019

No hay perdices en nuestro final

No sé porqué sigues siendo tan especial, pero lo eres. Por eso cuando el jueves me llamaste ni por un segundo se me pasó por la cabeza decirte que no. Y daba igual la propuesta. Así que me olvidé del pijama, de los dos nórdicos que me prometían calor en la cama -ya quisiera yo que fuera tal como suena- y me pinté los labios de rojo. Lo importante siempre es la actitud, no importa que vistas suéter de lana y vaqueros.

Hace tiempo que nos conocemos. Lo bastante para saber que no estamos escribiendo un cuento de hadas, y que no hay perdices en nuestro final. Pero no es tan fiero el lobo como lo pintan. O al menos no todo el tiempo.


No tengo ni puta idea de qué tal había ido tu día, y no iba a perder el tiempo buscando respuestas. Lo de ser periodista no va conmigo. Pero sé que esa noche querías estar conmigo. Lo importante no es cuántas personas tienes en tu agenda, sino a quien eliges llamar.

Y aunque tú y yo nunca estamos solos, a ratos lo parece. A ratos olvido toda cordura y dejo que nos domine la locura. A ratos invades lo que ha dejado de ofrecer resistencia. A ratos nos vemos en tierra de nadie. Y han vuelto los besos de despedida, y la tranquilidad de no exigir más de lo que nadie está dispuesto a ofrecer. Quizá por eso sigues siendo tan especial.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Sexo consensuado

A sus cuarenta años Sara había empezado a trabajar en el Burguer King de un centro comercial cercano. No era la más mayor, pero claramente superaba la edad media de sus compañeros. Aún así se había integrado perfectamente en la plantilla, e incluso bromeaba con respecto a su edad. Le había echo gracia ver la cara de sorpresa de su compañero el día que descubrió que era quince años mayor que él.
En realidad Sara no aparentaba su edad, aunque obviamente no podía pasar por una de veinte. Pero la realidad es que su actitud positiva y alegre, además de la vivacidad de sus ojos azules, eran lo más llamativo. 
Albert tenía veintiseis años y esa actitud de comerse el mundo tan típica de los que empiezan a ser adultos. Alternaba las gafas y las lentillas, barba de tres o cuatro días y compaginaba el trabajo con un master y horas de entrenamiento diario. 
A Sara le gustaba bromear con Albert. Era ingenioso y divertido. Y solían coincidir en horarios. Así que cuando un sábado por la noche que ambos libraban recibió un mensaje de Albert, sintió que se le aceleraba el pulso. Es cierto que alguna vez había pensado que era su tipo, pero nunca se le hubiera ocurrido pensar que él se sintiese atraido por ella. 
Por los mensajes que recibía ella se dio cuenta de que él había bebido un poco. Lo bastante como para escribir a las doce de la noche y preguntar qué hacía. Bromearon un poco, y de pronto él escribió "y a ti?" justo después de decir que estaba pensando en comerse un sandwich. Luego añadió "perdón". Sara dijo "vale". Quizá tres meses antes le habría dicho que no, pero habían cambiado muchas cosas en su vida en ese lapso. Además solo sería sexo consensuado entre dos adultos. Y no iba a negar que se sentía halagada por ser la fantasía de un veinteañero.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Cuando estás tú todo es más fácil

Quizá sea el momento de admitir en voz alta que te quiero, pensé. Pero no lo dije. Sentía de nuevo esa presión en el pecho. No me había dado cuenta de que seguía ahí, porque soy capaz de anular ciertas emociones cuando me hacen daño. Es mi forma de sobrevivir. Por eso y porque hacía más de tres meses que no te veía.
Volví a empujar esos pensamientos al fondo de mi mente y sonreí mientras bebía tequila. Era agradable volver a salir juntos. El mundo se hace extrañamente sencillo a su lado. No sabría explicarlo. La gente reía a nuestro alrededor mientras bailaban y bebían. Las luces del pub brillaban en tonos rosas y verdes y yo me sentía feliz de salir de mi rutina, de calzar tacones infinitos y de lucir piernas.
Te echaste a reír cuando te conté mi drama personal de los últimos meses. "Quizá sí se había enamorado", fue tu respuesta, que provocó que yo te mirara de soslayo. "No somos como la mayoría", continuaste, "podrías haberle dado una oportunidad". "Solo hubiera ido a peor" respondí antes de beberme medio cubata de un trago.
Me hizo un gesto para indicar que volvía enseguida y se alejó a contestar el móvil. Miré las botellas colocadas en las estanterias al otro lado de la barra. las luces se reflejaban en ellas y la semioscuridad, unida a mi miopía, me inpidieron leer todas las etiquetas. Al girarme me fijé en un chico que se había acercado a la barra. No era demasiado alto, llevaba barba de dos días y tenía los ojos grises. Vestía un vaquero azul oscuro y una camiseta de manga corta de color verde militar ajustada. Nos miramos un par de segundos antes de que se acercara a saludarme. Me lo habían presentado hace tiempo, era amigo de... bueno, eso no lograba recordarlo bien, pero sabía que le conocía. 
No sé cuánto tiempo estuvimos hablando hasta que apareciste a mi lado para decirme que estabas hablando con un grupo de amigos al final de la barra. Jose Miguel, que así se llamaba el chico, hizo ademán de irse pero se lo impediste. "No he venido a llevarmela, sólo quiero que sepa que estoy allí". Asentí y te acaricié el brazo antes de que te alejaras. Te seguí con la vista hasta el sitio donde me habías indicado que ibas a estar. Vestías de traje y llevabas el pelo muy corto.
"Disculpa, si te quieres ir..." "Ahora iré. Es un amigo". Le vi dudar un segundo, pero luego me miró de ese modo que hace que todo se llene de electricidad, y luego ambos nos acercamos y comenzamos a besarnos. Me abrazó como si no hubiera nadie más a nuestro alrededor. Nos reímos sin dejar de besarnos. "Me moría de ganas de besarte desde que hablamos la primera vez" me dijo. "Llamame" le dije señalando el movil antes de alejarme.
"Creía que te ibas a ir con él" me dijiste cuando te abracé. "No", fue toda mi respuesta. Y es que no sabía cuándo nos volveríamos a ver.

domingo, 2 de diciembre de 2018

La sirena

Dicen que la sirenas atraen con su canto, y normalmente en las imágenes que he visto que las representan, están sentadas, con mirada dulce y atrayente. Aunque también las hay con mirada engañosa...
Pero mi sirena está nadando. Y lo único que quiere es soledad. La soledad que ofrece el fondo del mar. Saber que cuando suba será porque lo desea. Para ver el sol. Para ver. A todos, a nadie, a quien desee.
No me gusta la sirena que atrae, sino la que vive libre.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...